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| Año V - No. 27 |
Escribe: Ignacio
Calderón Almendros |
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El panorama político internacional, en lo que a educación se refiere, parece seguir las mismas líneas que la generalidad de los aspectos socioeconómicos atravesados por el neoliberalismo de estos tiempos. El pilar del pensamiento único se asienta también en la escuela y se reproducen los mismos sistemas educativos a uno y otro lado del océano, demostrando una absoluta desvaloración de la importancia de las propias comunidades de aprendizaje a la hora de establecer los fines y medios de la actividad educadora formal (la idea de autonomía aplicada a los grupos), apartados éstos que casi resultan extraños ya para los propios educadores. El debate se circunscribe, ahora, a la técnica que se debe aplicar para que los aprendizajes sean efectivos, sin cuestionar siquiera lo que enseñamos y lo que se aprende en nuestras escuelas. En este sentido, y tratando la realidad educativa del mismo modo que se está haciendo con el sistema económico, parece que hayamos llegado al momento en el que el grueso de lo que había que pensar sobre las escuelas ya hubiera llegado a su cota máxima, al igual que el sistema de libre mercado se ha descrito como el único posible en un mundo globalizado. El modelo español (1) ha sido trasplantado de las más curiosas formas a varios países latinoamericanos, creando un impacto importante tanto por el seguimiento de los mismos fines educativos en Centro y Sudamérica, como por el efecto de dependencia que esto crea. De este modo, y una vez aclarados los términos generales que introducen estas reflexiones, intentaremos hacer un pequeño análisis de las medidas que en estos modelos, fundamentalmente el de la LOGSE, se toman acerca de la necesaria atención a la diversidad para la construcción de una escuela comprensiva más ambiciosa. Como comentábamos, una de las grandes características que atraviesan gran parte de los sistemas educativos de América Latina y España es la necesidad de atender a la diversidad en la Enseñanza Obligatoria, que extiende sus niveles -en el caso que nos ocupa- hasta los dieciséis años. Esta característica debería reflejar la intencionalidad teórica de la actual reforma, mas las medidas establecidas por las administraciones educativas para llevarla a cabo -opcionalidad, adaptaciones curriculares y diversificación curricular en el caso que nos ocupa- nos muestran una realidad bastante diferente, ya que las dos últimas van encaminadas a la creación de currículos paralelos que diferencian alumnos de primera y segunda clase, fundamentalmente porque la idea general no ha cambiado: la escuela sólo atiende a transmitir contenidos académicos y aquel que almacena menos, es menos valorado (Calderón, 1999:513). Pero tras esto, nos surge la idea de si realmente ha existido la intención de elaborar una escuela en la que tengan cabida todos los miembros de la sociedad, ya que no sabemos si las medidas tomadas han sido elaboradas para desarrollar otro tipo de relación entre las personas que se encuentran bajo el paraguas de la educación, lo que sería, sin lugar a dudas, la idea final de un planteamiento comprensivo de estas magnitudes. ¿Qué tipo de aprendizaje se lleva a cabo mediante las medidas adoptadas por la Administración para atender a la diversidad de la población? Comenzaremos, pues, desarrollando esta pregunta, para terminar haciendo un análisis global del sistema español dentro de este terreno elegido. En un primer lugar, deberemos hacernos conscientes de que tanto la Ley General de 1970 como la L.O.G.S.E., se han dedicado a establecer normas para que en nuestras escuelas se enseñe algo muy concreto: los contenidos. Aunque es cierto que esta última reforma ha realizado un esfuerzo por acercarse más al mundo afectivo y social del niño dentro del enfoque cognitivo-evolutivo, es el mismo César Coll (1987) el que comenta que el constructivismo comienza a fracasar en el momento en el que comprendemos que si el niño va a pasar inevitablemente por los diferentes estadios del desarrollo, no es necesario propiciar de una manera tan insistente el desarrollo y centrarnos más en la adquisición de los conocimientos necesarios para que se adentre en la cultura. Por otro lado, el propio Coll (1987) nos habla de que para realizar el diseño del curriculum y su desarrollo es necesario hacerse cuatro núcleos de preguntas:
Si nos olvidamos por el momento de las tres últimas, centrándonos en la primera, deberemos responderla si seguimos haciendo caso a las prescripciones administrativas, con los contenidos. Suponemos, por tanto, que lo más importante, que la tarea de mayor relevancia que cumple la educación en la actualidad es inculcar al individuo unos determinados contenidos que ya han sido seleccionados por la Administración -y por las fuentes epistemológicas de cada una de las áreas de conocimiento- sin que al alumno ni al profesor se les haya hecho partícipes en ningún momento de lo que será más positivo para ambos. El curriculum se concibe, por tanto como algo acabado en lugar de entenderlo como una realidad interactiva (Angulo y Blanco, 1994), como una construcción realizada entre profesores y alumnos, y, en general, como la creación activa de todos aquellos que participan, directa o indirectamente, del proceso educativo (Clandinin y Cornelly, 1992). La pregunta radica en si realmente la educación en la actualidad busca la consecución de la felicidad del individuo. La educación pasa de ser una cuestión comprensiva y que atiende a las necesidades individuales y sociales de los alumnos, a convertirse en el mero conocimiento académico que servirá más tarde a los intereses de los grupos que ostentan el poder para convertir la felicidad individual y colectiva (objetiva) en tecnologías práctica y parcializada (subjetiva). De este modo podemos llegar a comprender que sean los contenidos los que manden en el curriculo escolar, ya que es el bagaje cultural de una sociedad lo que se pretende inculcar y no las habilidades, actitudes, valores, estrategias y desarrollos que se utilizan como bandera de los sistemas educativos actuales. En esta función que impera en la escuela, el trabajo del personal docente pasaría de ser el de educador para convertirse en el mero transmisor de la cultura dominante:
Frente a este último esquema (creativo, innovador, flexible, autónomo, abierto...) podemos observar empíricamente que se lleva a cabo el primero en la sociedad, que hace referencia a una pedagogía prescriptiva y normativa, muy relacionada con el positivismo y el conductismo, que convierte el proceso en algo mecánico y en el que los agentes que actúan no pueden sino seguir las pautas marcadas por la mano dominante, que en las sociedades neoliberales es encarnada por el mercado. Hoy en día, la educación no tiene nada que ver con la aspiración de conseguir acercarse a la felicidad, con la búsqueda de la expresión y de la comprensión, sino que es una potente herramienta de exclusión que, a través de la competitividad de los niños desde su infancia, determina las funciones futuras -y presentes- de los componentes de un grupo, eso sí, de una forma legitimada socialmente. Esta educación -instrucción en realidad- procederá de diferente manera dependiendo de las características socioeconómicas y cognitivas (Bernstein, 1989; Bourdieu y Passeron, 1970) -muchas veces unidas por una relación causal-, guiada por criterios de eficacia (Gimeno, 1988), que sitúan al ser humano en el plano de instrumento y que, por otra parte, tiene claramente definidas las características del grupo al que está dirigida. La idea de norma, defendida por atender a la mayoría de la población, no es más que un artificio elaborado para legitimar tratos desiguales en una escuela pública. Parece que se nos olvida que el hombre dejó atrás la evolución biológica dando paso a una fase en la que a ésta se le superpone la evolución cultural, pero lo cierto es que no ha servido para que comprendamos que no hay fuertes ni débiles ya que no existe la selección natural en nuestra especie (2), sino que la ampliamos a aquellos a los que vemos débiles o inconexos a la cultura dominante. En lugar de aniquilar la selección natural biológica, la ampliamos al terreno de lo cultural (3). Lo cierto es que la educación de la LOGSE está enfocada no hacia el sujeto, sino hacia la sociedad a la que ha venido a servir, es decir, sólo por nacer en ella tenemos que pagar la factura que desde este momento adeudamos. Y ya nos dirán lo que debemos hacer; sólo tenemos que seguir las pautas que el Sistema Educativo y la propia sociedad establecen con el guión de una determinada ideología, de ahí que la evaluación en nuestros días no sirva más que como instrumento de control y de selección. La educación, no debería tener como eje la propia sociedad regida por una ideología concreta, sino la consecución de la felicidad del individuo a través de la liberalización que se produce en éste al llegar a comprender que ha de asumir sus responsabilidades sociales de forma autónoma y libre, convirtiendo así, la prescripción en opción. Así, parece bastante claro que la función educativa se ha desplazado hacia el control y la segregación (4), la separación de la sociedad en grupos en función de las características personales (inteligencia...) y culturales (capital cultural...), para lo que se sirve de los contenidos (Calderón, 1999). Los contenidos se convierten, por tanto, en la clave: el alumno que consigue llegar a los objetivos mínimos promociona -transmite sus “genes” en esferas de decisión y poder-, lo que le garantiza un futuro más autónomo e influyente a la vez que mayormente reconocido (trabajo mejor remunerado y valorado), mientras que el que no los alcanza queda relegado a redes sociales de menor complejidad, capacidad de decisión y autonomía, reconocimiento socioeconómico y, cómo no, sus genes seguirán en una “línea biológica” que no influye en las políticas que gestionan el futuro del grupo. Por ello, las medidas establecidas por
la Administración para llevar a cabo esta escuela de la diversidad
producirán tan sólo un aprendizaje de segundo orden
en los niños que hacen uso de ellas (léanse adaptaciones
y diversificaciones curriculares): Si lo que prima en la escuela es
el volumen de contenidos, ¿cómo no va a ser de segundo
orden el aprendizaje que adquiera aquel que retenga menos?
La educación que se inculca en
la escuela no sólo no ayuda a comprender que las diferencias
son un valor, sino que empuja a que sean condenadas mediante la segregación
y la marginación. Son los contenidos los que hacen que nuestra
educación sea competitiva e individualista, a la vez que no
ayudan a la propia individualidad del discente porque no buscan su
propia felicidad, sino los fines que otro ha marcado para él.
Podríamos seguir explicitando cuáles son las características de este aprendizaje de segundo orden, pero creo que será suficiente con resumirlas en dos esenciales:
Todo esto quiebra un planteamiento filosófico constructivista que nos hace pensar en una escuela diferente tras la elaboración de una reforma que se apoya en los pilares de la comprensividad y de la diversidad. El principio de la enseñanza comprensiva se basa en una filosofía educativa en la que todas las personas somos iguales, por lo que debemos tener los mismos derechos. La educación es la llave para entrar en la sociedad cultural que hemos inventado, por lo que será necesario que todas las personas tengan aseguradas unas bases culturales que le permitan la inserción en esa sociedad y la actividad autónoma en ella, idea que, por otra parte, constituye uno de los pilares centrales de la democracia. El problema sigue siendo el mismo que venimos comentando desde el principio, ya que no por escolarizar a toda la población se consigue el fin que pretende la enseñanza comprensiva. Para que todos los miembros de la sociedad en edad escolar tengan garantizada la entrada en la “sociedad adulta”, es necesario que se les garantice que terminen los estudios y que además éstos sean los propios para cada uno de ellos. Si dibujamos la educación obligatoria como una carrera -no resultará difícil, dada la influencia del sistema competitivo de mercado en ella-, la comprensividad no vendrá dada por que todos se apunten a ella, sino por que todos puedan llegar a la línea de llegada. El problema es que, como nuestros Sistemas Educativos se siguen rigiendo por los contenidos, esa carrera está llena de obstáculos. Obstáculos que, para el que tiene una experiencia vital cercana a la cultura escolar no son difíciles de saltar, pero para el que su experiencia social y familiar se separa demasiado de los códigos que imperan en nuestras aulas, resultan insalvables. Por tanto, llegamos otra vez al mismo problema: los contenidos, es decir, la estructuración del diseño y del desarrollo del curriculum. Si tenemos claro que la comprensividad se logra sólo si conseguimos que todos tengan unas bases comunes -que no iguales-, podemos idear la forma de que se lleve adelante. La cuestión es que política y económicamente no conviene, por lo que las administraciones se deciden a cambiar las estrategias para mantener en silencio a las masas. La Pedagogía avanza, por lo que los gobiernos se ven obligados a acuñar sus investigaciones en un sistema que nada tiene que ver con la comprensividad y con la diversidad ya que, desde la base, es contrario a ambas. Así, comprobamos que comprensividad en nuestra escuela sólo significa todos a la línea de salida, y que atención a la diversidad es que los que no siguen el ritmo dominante, vayan por un camino diferente, lo cual no asegura que les dé la educación que necesitan y que le llevará a algún sitio que aún desconocemos -quizá un mundo diferente al de los normales-. No es difícil acabar con la diversidad si la reducimos a opcionalidad o la elección de caminos alternativos para los minus-válidos. Para que la educación se enfoque realmente hacia lo que el discurso teórico dicta, los grandes valores que tanto repiten nuestros políticos, el propio curriculum debería ser como dice la LOGSE que es: Abierto y flexible. ¿Y cómo se hace esto? Basándolo en fines lo suficientemente genéricos como para que no prescriban la acción de enseñar ni de aprender. La apertura se define por lo inacabado, lo inconcluso; cuestión que será delegada en los alumnos y en los profesores porque son ellos los que verdaderamente saben lo que cada alumno necesita en un determinado momento -cuestión que lleva aparejado un qué, cómo y cuándo enseñar y evaluar-. La flexibilidad se entiende como el grado de adaptabilidad que tiene el curriculum hacia el sujeto dentro del contexto de una clase: no es tan extraño que sea el curriculum el que sirva al sujeto y no al revés; la flexibilidad vendría condicionada, por tanto, por el grado de apertura. Con todo esto, lograríamos un
curriculum común para todos, tan abierto y flexible al estar
basado en objetivos generales que casi no prescribe. La comprensividad
empieza a estar salvada en la medida en que el Sistema Educativo se
abre a las necesidades de cada colectivo, para lo que es imprescindible
que se dé un trato a toda la diversidad de personas que conviven
en la comunidad escolar, y más concretamente, en el aula. Es obvio que la LOGSE ha traído
muchas cosas positivas a la educación española y que
gran parte de los problemas que hoy vivimos son debidos a una mala
puesta en práctica de la Ley. Pero también es manifiesto
que no sólo ha sido la puesta en práctica lo que ha
fallado, ya que hay determinados factores -algunos se han tratado
en estas páginas- que colisionan con la filosofía de
la reforma incluso dentro del discurso teórico. La escuela ha de dar un nuevo paso hacia la conquista de la autonomía de su comunidad, vinculando la actividad que en ella se realiza a las características y peculiaridades del contexto en el que se enmarca. Y para ello, tal como hemos venido exponiendo, es necesario que se desvincule de los lazos que impone el mercado: aquellos que nos siguen atando a la búsqueda de la eficacia a cualquier precio y a la estratificación de la sociedad de alumnos que acuden a nuestras aulas, para lo que medidas de atención a la diversidad como las expuestas en estas páginas son, claramente, insuficientes desde su propia raíz.
BIBLIOGRAFÍA |
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