Año III - Número 20


¿Homogeneizar o diversificar?
Dilema del educador crítico

Escribe: Raúl Guevara

El autor es Director del Centro de Investigación Educativa en Tandil, Argentina. Dicta las cátedras de Historia de la Educación en la Universidad Nacional de Lomas de Zamora y la de Historia Social de la Educación I, en la Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires. Es además Investigador de la Universidad Nacional de Lomas de Zamora


     Desde hace un tiempo he observado entre educadores y administradores del sistema un interés creciente sobre el tema Diversidad en el Sistema Educativo. Lo que resulta llamativo es que empecemos a preocuparnos por lo que el propio sistema ha dado, siempre, como un mal a subsanar, una mala hierba a arrancar de raíz. Incluso, desde las miradas más progresistas, la búsqueda suele ir en el sentido de la integración y ésta no es otra cosa que una búsqueda de ser admitido en un todo homogéneo.

     El sistema educativo bonaerense, desde su nacimiento en 1875, siempre ha intentado homogeneizar. Es decir, que siempre tuvo presente la diversidad e intentó abordarla como un problema a resolver.

     Una sociedad argentina en ebullición recibía, hacia finales del siglo XIX y principios del XX, migraciones diversas de Europa y Asia Menor, con pluralidad de lenguas, religiones, costumbres, grupos étnicos, ideologías, todas con un pasado común: la miseria y la exclusión de un sistema capitalista que había colapsado y ahora los expulsaba o los cercaba con el hambre y la postergación.

     Los grupos dominantes de Argentina, con un incipiente capitalismo dependiente, necesitaban mano de obra para poner a producir sus tierras y hacer prósperos sus negocios de exportación en la nueva División Internacional del Trabajo que nos ubicaba, quizá para siempre, como productores de materias primas, como "granero del mundo". Pero esa "chusma" era peligrosa.

     Europa había experimentado durante tres siglos una nueva institución. Sus intelectuales habían discutido las bondades de la misma. Veían en ella un instrumento eficaz para el disciplinamiento de las masas, la gran herramienta que podía dar unidad a los nacientes Estados-Nación.

     Junto a la bandera, al himno, la escarapela y el escudo, se organizan nuevas instituciones símbolicas con el propósito de disciplinar, homogeneizar, visualizar y controlar la socieda. Así nacen, entre otras, el Ejercito Nacional (1869) que diluye los ejércitos provinciales, la Escuela (1875) y el Registro Civil (1889) que retira el control de los nacimientos, los casamientos y las defunciones de manos de la Iglesia Católica.

     La función esencial de la Escuela fue dar una identidad homogénea al nuevo grupo social que se conformaba dinámicamente.

     La oligarquía agro-exportadora definió los ejes centrales de su política educativa asentándolos en la imposición de valores, símbolos, lengua y religión católica en las provincias para todos los hijos de los habitantes menores de 14 años, sean nativos o extranjeros. El laicismo sólo sería de consumo -desde 1884- para los habitantes de la Ciudad de Buenos Aires y de los Territorios Nacionales con escasa población euroamericana.

     El primer criterio fue entonces la obligatoriedad, pero no para todos los habitantes, cuya extendida mayoría no había necesitado escolaridad para desempeñarse en las tareas manuales que llevaban a cabo y no veía la utilidad de semejante pérdida de tiempo habida cuenta de que las clases populares necesitaban que cada uno, desde temprana edad, pudiera procurarse los alimentos. La obligatoriedad fue resistida; recién se atemperó la resistencia a principios de siglo XX cuando se legisló prohibiendo el trabajo de los menores de diez años; los patrones comenzaron a negarse a emplear menores y los padres que ni siquiera temían las multas legisladas: no tuvieron más remedio que permitir a sus hijos que concurran a la escuela. Recién aquí cobró sentido la gratuidad. Extender la obligatoriedad continúa siendo, en el siglo XXI, un tema de profundo debate, habida cuenta de que, aún en la actualidad, hay niños y adolescentes que no quieren ir a la escuela, que sus padres no se interesan por la escolarización, que no traen útiles, ni libros, ni estudian, generan violencia, se ausentan, no aprueban, repiten de curso reiteradamente, sólo concurren al comedor escolar cuando lo necesitan, su comportamiento suele ser provocativo; en fin, la resistencia no sólo es pasiva a la imposición cultural.

     Ya en el siglo XIX comprobaron que el cambio de comportamiento social divergente y diverso sólo podría provocarse con un período prolongado de adiestramiento reiterativo sobre ciertas formas ritualizadas que se naturalizarían por repetición. La escuela graduada de seis años parecía la solución para ordenar la sociedad. Así se labró el culto al silencio como sinónimo de disciplina y orden. La presentación personal era un problema: los hábitos de aseo eran variados y las posibilidades de limpieza eran escasas. Se puso el acento en la pulcritud de uñas, orejas, pies, cuello, dientes y cabellos. Los piojos simbolizaban abandono y desidia, no sólo del niño sino de su madre, por no ocuparse. Tener piojos pasó de ser una situación habitual a un motivo de vergüenza social, de discriminación. Las pobres ropas con que acudían los niños no podían ocultar sus orígenes sociales, pero las maestras encontraron una solución: en 1912, un grupo de maestras de Tres Arroyos decidió homogeneizar su vestimenta. Se confeccionaron largos guardapolvos blancos, diez centímetros por encima de sus faldas que dejaban ver apenas sus tobillos protegidos por largas medias. Ese mismo año fue observado el cambio por las autoridades de la Provincia de Buenos Aires y lo difundieron por todos sus medios como un ejemplo a imitar. Desde entonces, las maestras fueron adoptando el guardapolvo blanco por sí mismas; resolvían uno de sus problemas vinculados a la diversidad homogeneizándose. Unas décadas después se hizo obligatorio, como uniforme oficial que el Estado nunca proveería (a diferencia de policías, carteros, militares y otros empleados a los que se le exigía uso de uniforme).

     Por otro lado, los símbolos conformaron una nueva liturgia: a) subir y arriar la bandera en un mástil a la vista de todos, recitando una oración o cantando una canción, todos los días al comenzar y al finalizar las actividades escolares respectivamente en formación cuasi militar; b) Actos patrióticos, con bandera de ceremonias, canto del himno nacional, discurso de un docente y palabras alusivas o poesías recitadas por alumnos.

     Los Estados, al conformarse, definían sus símbolos y también cuál sería el dialecto hegemónico que se impondría al resto de la población como Lengua Oficial. Impusieron ese idioma a todos los hijos de inmigrantes que hablaban su lengua materna y también a todos los nativos que continuaban y continúan con su lengua ancestral (guaraní, quechua, aymara, etc..). En la actualidad siguen siendo motivo de largas discusiones pedagógicas las faltas de ortografía en la lengua impuesta. Hace unos pocos años, un grupo de aborígenes Toba ganaron el premio de ortografía en una evaluación nacional. Nunca se dijo que era un mérito equiparable a cualquier otro grupo que hubiera aprendido una segunda lengua, ya que el castellano es segunda lengua para millones de españoles actualmente (vascos, gallegos, catalanes,...)

     Por otro lado, se establecía también qué personajes del pasado reciente o remoto serían honrados como héroes y cuales denostados, cuáles recordados y cuáles olvidados. Organizaron la historia en torno a efemérides, con una vocación necrológica sorprendente. Aquí no festejamos el éxito o el nacimiento de alguien; se conmemoran derrotas o fallecimientos de los previamente definidos como prohombres. Ninguna mujer tiene un lugar en esta historia, a no ser en lugares marginales; tampoco hay pobres, ni campesinos ni obreros en la historia oficial.

     Inventaron una geografía no en tanto posesión efectiva del territorio sino en cuanto a aspiraciones de dominio y ocupación, cuadriculando el espacio.

     Varones y mujeres fueron equiparados como alumnos (a - lumnos = sin - luz), pero hubo contenidos específicos para cada uno (especialmente, en labores y educación física); no así para la gente de diferentes clases sociales o para los del campo y la ciudad o los de diferentes grupos étnicos y religiosos; para todos ellos se presentaba una sola mirada oficial, con control estricto de los textos de lectura que debían ser aprobados por el Consejo General de Educación. Fue (y es) habitual el catecismo católico en las aulas públicas argentinas.

     Curiosamente, respecto de la Diversidad, la primera noticia en la normativa vigente se halla en la Ley Federal de Educación, que habla de alumnos especiales, de indígenas, de adultos, de adolescentes... Luego, las otras leyes provinciales se van haciendo eco de aquellas observaciones y hoy tenemos sobre el tapete, al menos, el enunciado de los hechos y el reconocimiento de la diversidad.

     Quizá es un buen momento para que empecemos a pensar juntos sobre la Diversidad y las Discriminaciones que conlleva. Vengo trabajando sobre el tema desde hace tiempo, mirando el género (varón-mujer), las clases sociales, las etnias (en algunos casos de nuestro país, hay que mirar la nacionalidad más que las etnias: bolivianos, peruanos, coreanos, etcétera), el lugar de residencia (villas miseria-country, pueblito, conurbano, etc...), el lugar de origen (rural, urbano, suburbano, etc.). En los últimos tiempos, he reparado también sobre aquellos a los que les imponemos la obligatoriedad de nuestras instituciones, los menores de edad... Creo que hay que definir si uno está a favor de la diversidad o si lo que se pretende es homogeneizar para que desaparezca. Esto último ya se intentó y las diversas resistencias lograron que no fuera exitoso. En mi lugar de trabajo sigo mirando a la Escuela como lugar de confrontación y resistencia contra las homogeinizaciones impuestas por un currículum explícito o las diversas manifestaciones del currículum oculto. Pero esto ya es tema para otro artículo.


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