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| Año III - Número 20 |
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El
sistema educativo bonaerense, desde su nacimiento en 1875, siempre
ha intentado homogeneizar. Es decir, que siempre tuvo presente la
diversidad e intentó abordarla como un problema a resolver.
Una
sociedad argentina en ebullición recibía, hacia finales
del siglo XIX y principios del XX, migraciones diversas de Europa
y Asia Menor, con pluralidad de lenguas, religiones, costumbres, grupos
étnicos, ideologías, todas con un pasado común:
la miseria y la exclusión de un sistema capitalista que había
colapsado y ahora los expulsaba o los cercaba con el hambre y la postergación.
Los
grupos dominantes de Argentina, con un incipiente capitalismo dependiente,
necesitaban mano de obra para poner a producir sus tierras y hacer
prósperos sus negocios de exportación en la nueva División
Internacional del Trabajo que nos ubicaba, quizá para siempre,
como productores de materias primas, como "granero del mundo".
Pero esa "chusma" era peligrosa. Europa
había experimentado durante tres siglos una nueva institución.
Sus intelectuales habían discutido las bondades de la misma.
Veían en ella un instrumento eficaz para el disciplinamiento
de las masas, la gran herramienta que podía dar unidad a los
nacientes Estados-Nación. Junto
a la bandera, al himno, la escarapela y el escudo, se organizan nuevas
instituciones símbolicas con el propósito de disciplinar,
homogeneizar, visualizar y controlar la socieda. Así nacen,
entre otras, el Ejercito Nacional (1869) que diluye los ejércitos
provinciales, la Escuela (1875) y el Registro Civil (1889) que retira
el control de los nacimientos, los casamientos y las defunciones de
manos de la Iglesia Católica. La
función esencial de la Escuela fue dar una identidad homogénea
al nuevo grupo social que se conformaba dinámicamente. La
oligarquía agro-exportadora definió los ejes centrales
de su política educativa asentándolos en la imposición
de valores, símbolos, lengua y religión católica
en las provincias para todos los hijos de los habitantes menores de
14 años, sean nativos o extranjeros. El laicismo sólo
sería de consumo -desde 1884- para los habitantes de la Ciudad
de Buenos Aires y de los Territorios Nacionales con escasa población
euroamericana. El
primer criterio fue entonces la obligatoriedad, pero no para
todos los habitantes, cuya extendida mayoría no había
necesitado escolaridad para desempeñarse en las tareas manuales
que llevaban a cabo y no veía la utilidad de semejante pérdida
de tiempo habida cuenta de que las clases populares necesitaban que
cada uno, desde temprana edad, pudiera procurarse los alimentos. La
obligatoriedad fue resistida; recién se atemperó la
resistencia a principios de siglo XX cuando se legisló prohibiendo
el trabajo de los menores de diez años; los patrones comenzaron
a negarse a emplear menores y los padres que ni siquiera temían
las multas legisladas: no tuvieron más remedio que permitir
a sus hijos que concurran a la escuela. Recién aquí
cobró sentido la gratuidad. Extender la obligatoriedad
continúa siendo, en el siglo XXI, un tema de profundo debate,
habida cuenta de que, aún en la actualidad, hay niños
y adolescentes que no quieren ir a la escuela, que sus padres no se
interesan por la escolarización, que no traen útiles,
ni libros, ni estudian, generan violencia, se ausentan, no aprueban,
repiten de curso reiteradamente, sólo concurren al comedor
escolar cuando lo necesitan, su comportamiento suele ser provocativo;
en fin, la resistencia no sólo es pasiva a la imposición
cultural. Ya
en el siglo XIX comprobaron que el cambio de comportamiento social
divergente y diverso sólo podría provocarse con un período
prolongado de adiestramiento reiterativo sobre ciertas formas ritualizadas
que se naturalizarían por repetición. La escuela graduada
de seis años parecía la solución para ordenar
la sociedad. Así se labró el culto al silencio como
sinónimo de disciplina y orden. La presentación personal
era un problema: los hábitos de aseo eran variados y las posibilidades
de limpieza eran escasas. Se puso el acento en la pulcritud de uñas,
orejas, pies, cuello, dientes y cabellos. Los piojos simbolizaban
abandono y desidia, no sólo del niño sino de su madre,
por no ocuparse. Tener piojos pasó de ser una situación
habitual a un motivo de vergüenza social, de discriminación.
Las pobres ropas con que acudían los niños no podían
ocultar sus orígenes sociales, pero las maestras encontraron
una solución: en 1912, un grupo de maestras de Tres Arroyos
decidió homogeneizar su vestimenta. Se confeccionaron largos
guardapolvos blancos, diez centímetros por encima de sus faldas
que dejaban ver apenas sus tobillos protegidos por largas medias.
Ese mismo año fue observado el cambio por las autoridades de
la Provincia de Buenos Aires y lo difundieron por todos sus medios
como un ejemplo a imitar. Desde entonces, las maestras fueron adoptando
el guardapolvo blanco por sí mismas; resolvían uno de
sus problemas vinculados a la diversidad homogeneizándose.
Unas décadas después se hizo obligatorio, como uniforme
oficial que el Estado nunca proveería (a diferencia de policías,
carteros, militares y otros empleados a los que se le exigía
uso de uniforme). Por
otro lado, los símbolos conformaron una nueva liturgia: a)
subir y arriar la bandera en un mástil a la vista de todos,
recitando una oración o cantando una canción, todos
los días al comenzar y al finalizar las actividades escolares
respectivamente en formación cuasi militar; b) Actos patrióticos,
con bandera de ceremonias, canto del himno nacional, discurso de un
docente y palabras alusivas o poesías recitadas por alumnos. Los
Estados, al conformarse, definían sus símbolos y también
cuál sería el dialecto hegemónico que se impondría
al resto de la población como Lengua Oficial. Impusieron ese
idioma a todos los hijos de inmigrantes que hablaban su lengua materna
y también a todos los nativos que continuaban y continúan
con su lengua ancestral (guaraní, quechua, aymara, etc..).
En la actualidad siguen siendo motivo de largas discusiones pedagógicas
las faltas de ortografía en la lengua impuesta. Hace unos pocos
años, un grupo de aborígenes Toba ganaron el premio
de ortografía en una evaluación nacional. Nunca se dijo
que era un mérito equiparable a cualquier otro grupo que hubiera
aprendido una segunda lengua, ya que el castellano es segunda lengua
para millones de españoles actualmente (vascos, gallegos, catalanes,...) Por
otro lado, se establecía también qué personajes
del pasado reciente o remoto serían honrados como héroes
y cuales denostados, cuáles recordados y cuáles olvidados.
Organizaron la historia en torno a efemérides, con una vocación
necrológica sorprendente. Aquí no festejamos el éxito
o el nacimiento de alguien; se conmemoran derrotas o fallecimientos
de los previamente definidos como prohombres. Ninguna mujer tiene
un lugar en esta historia, a no ser en lugares marginales; tampoco
hay pobres, ni campesinos ni obreros en la historia oficial. Inventaron
una geografía no en tanto posesión efectiva del territorio
sino en cuanto a aspiraciones de dominio y ocupación, cuadriculando
el espacio. Varones
y mujeres fueron equiparados como alumnos (a - lumnos = sin - luz),
pero hubo contenidos específicos para cada uno (especialmente,
en labores y educación física); no así para la
gente de diferentes clases sociales o para los del campo y la ciudad
o los de diferentes grupos étnicos y religiosos; para todos
ellos se presentaba una sola mirada oficial, con control estricto
de los textos de lectura que debían ser aprobados por el Consejo
General de Educación. Fue (y es) habitual el catecismo católico
en las aulas públicas argentinas. Curiosamente,
respecto de la Diversidad, la primera noticia en la normativa
vigente se halla en la Ley Federal de Educación, que habla
de alumnos especiales, de indígenas, de adultos, de adolescentes...
Luego, las otras leyes provinciales se van haciendo eco de aquellas
observaciones y hoy tenemos sobre el tapete, al menos, el enunciado
de los hechos y el reconocimiento de la diversidad. Quizá es un buen momento para que empecemos a pensar juntos sobre la Diversidad y las Discriminaciones que conlleva. Vengo trabajando sobre el tema desde hace tiempo, mirando el género (varón-mujer), las clases sociales, las etnias (en algunos casos de nuestro país, hay que mirar la nacionalidad más que las etnias: bolivianos, peruanos, coreanos, etcétera), el lugar de residencia (villas miseria-country, pueblito, conurbano, etc...), el lugar de origen (rural, urbano, suburbano, etc.). En los últimos tiempos, he reparado también sobre aquellos a los que les imponemos la obligatoriedad de nuestras instituciones, los menores de edad... Creo que hay que definir si uno está a favor de la diversidad o si lo que se pretende es homogeneizar para que desaparezca. Esto último ya se intentó y las diversas resistencias lograron que no fuera exitoso. En mi lugar de trabajo sigo mirando a la Escuela como lugar de confrontación y resistencia contra las homogeinizaciones impuestas por un currículum explícito o las diversas manifestaciones del currículum oculto. Pero esto ya es tema para otro artículo. |
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