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| Año III - Número 18 |
Alfabetismo Científico y EducaciónEscribe: Ignacio Cabral Perdomo Es autor es profesor de Planta y Director de la Carrera de ISI ITESM del Campus Central de Veracruz, Mexico.
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"Nuestras niñas, niños y jóvenes
deberían tener la oportunidad
de aprender y cuestionar, y sobre todo de cuestionar y criticar nuestras propias enseñanzas, de mirar hacia el espacio exterior, explorar hacia atrás en el tiempo, observar la naturaleza, y descubrir y entender la unidad del universo. En el futuro, armados con ese conocimiento, ellos tendrán los medios para salvarnos de la acción auto-destructora del hombre, y podrán imaginar y construir, colectivamente, los mundos posibles." - Eduardo Martínez - 1997 - Introducción La
mayoría de los ciudadanos contemplan cómo la ciencia
y la tecnología se convierten en algo ajeno, alejados de sus
posibilidades de comprensión. Las personas se benefician y,
en ocasiones, se ven afectadas de forma negativa, de unos avances
científicos y técnicos que a duras penas comprenden
y mucho menos ponen en cuestión. La especialización
creciente, el lenguaje que se utiliza y las características
propias de la actividad investigadora constituyen una dificultad añadida
que complica aún más el tan necesario puente entre los
científicos (vistos como personas que hacen ciencia) y la sociedad
(como receptora, a corto o largo plazo de esa ciencia). La ciencia
se percibe hoy como un reducto donde se ocultan unos privilegiados
llamados los científicos, que, con honrosas excepciones, hacen
muy poco para que otros -fuera del círculo de especialistas-
puedan acceder. Acercarse y acercar la ciencia requiere un esfuerzo.
Algo que ni el ciudadano ni el científico están dispuestos
a realizar. No sólo las personas involucradas en alguna rama
de la ciencia o las ingenierías deben acercarse a ella, incluso
los humanistas y aquellas personas relacionadas con las ciencias sociales
deben poseer los conocimientos científicos básicos para
desenvolverse en el mundo actual. Debemos romper con la brecha que
existe entre los intelectuales literarios y los científicos,
tal como lo describió Carl P. Snow hace 42 años en su
ensayo The Two Cultures and the Scientific Revolution (1959)
en el que escribió: "Los literatos y los intelectuales
en un polo;en el otro, los científicos... entre los dos, un
golfo de incomprensión mutua". Basten
otros ejemplos para poder apreciar con mayor amplitud el problema
de este analfabetismo. A principios de 1999 se aplicó una encuesta
en el Distrito Federal (Barot y de la Peña, 2000) en la que
se indagó tanto acerca de los conocimientos científicos
y la confianza de la gente en la ciencia, como de sus creencias pseudocientíficas,
religiosas y ocultistas. Se entrevistaron a 664 personas de entre
16 y 65 años de edad, en lugares públicos. Según
las respuestas, en la Ciudad de México, el 77% de la gente
cree en la astrología; el 24.5% cree en la existencia de vampiros;
el 38%, en la existencia de brujas y sólo el 7% en la existencia
del "chupacabras". Otros resultados interesantes fueron
que: el 57.2% supo que las plantas de la Tierra evolucionaron y el
53.9% sabía que la Tierra tarda un año en dar la vuelta
al Sol; sólo el 48% dijo que la temperatura del cuerpo humano
varía entre 36 y 37 grados Celsius; el 43.2% cree que las fotografías
de ovnis son auténticas y no fotomontajes, y el 63.9% de los
entrevistados cree que es posible sentir los campos de energía
de la Tierra. Para finalizar, la encuesta reveló que el 77.3%
cree que el zodíaco tiene una relación directa con las
dificultades de la vida. Pese a todo, el interés por los temas científicos se mantiene. Las preguntas que surgen son: ¿qué hacer para canalizar el interés por la ciencia? ¿Cómo reducir el analfabetismo científico que nos invade cada vez más? Divulgación y cultura científica "Tomates
modificados por ingeniería genética rompen récord
de producción"; "Japón
toma la delantera en la carrera de superconductores"; "Se
envía sonda a Marte equipada con tres espectrofotómetros
para analizar su superficie"; "Científicos
descifran el 99% del código genético humano"; "Es
descubierto el quasar más distante a la tierra". Éstos
son sólo algunos ejemplos de encabezados de noticias relacionadas
con la ciencia. La pregunta que surge es: ¿cualquier persona
comprende lo que se dice en ellas? Si se realiza una investigación
más a fondo, lo más probable es que arroje resultados
más cercanos a la negación de la pregunta planteada.
No todas las personas poseen el grado de alfabetismo científico
que exige el comprender esos enunciados, ya sea debido a una indiferencia
total hacia los temas científicos o a la falta de una cultura
científica básica que le permita comprenderlos. Pero
ahora, ¿por qué es importante el ser letrado científico?
Trataré de dar respuesta a esta pregunta. Tal
vez la primera respuesta a la pregunta planteada sería que
el alfabetismo científico es necesario porque lo exige nuestra
cultura actual. Imagino a una persona que no supiera leer durante
el renacimiento: lo más seguro es que dicho individuo quedara
relegado de las discusiones de la época. Este hecho tendría
su reflejo en nuestra sociedad actual cuando, en alguna charla o discusión,
se trataran temas científicos y el iletrado no participara
en ellas. Por ejemplo, pensemos en el gran número de personas
que creen firmemente que el hombre y los dinosaurios convivieron en
la Tierra simultáneamente: es común que los hallazgos
científicos juegan, casi siempre, un papel importante en la
determinación del clima intelectual de una época determinada
de la humanidad. La sociedad moderna requiere necesariamente del entendimiento
entre los dos mundos -casi siempre incomunicados- de la investigación
científica y el resto de la sociedad civil, ajena a esos temas,
pero no a sus consecuencias. Otra
respuesta básica la constituye el aspecto cívico del
alfabetismo científico. Mucho se ha criticado a nuestros gobernantes
por ciertas decisiones relacionadas con la ciencia y tomadas en forma
desatinada. Pero, ¿realmente somos capaces de criticar dichas
acciones sin una fundamentación científica que nos respalde?
En varios artículos a nivel mundial se ha criticado esa falta
de conocimiento de la ciencia básica por parte de los gobernantes
y dirigentes de varios países. ¿Son acertadas ciertas
decisiones realizadas por ellos? Nuestros futuros dirigentes deben
poseer, por exigencia, un conocimiento básico de los fenómenos
científicos que rigen a la naturaleza. Una respuesta más la constituye el simple hecho de comprender -de manera científica- los fenómenos naturales que vivimos diariamente. Es preocupante el avance de un gran número de pseudociencias que pretenden, sin el menor rigor científico, tener respuesta a todo. Carl Sagan, en su libro "El Mundo y sus demonios" (1997), se pregunta si no nos estamos precipitando hacia una nueva edad oscura, hacia un tiempo en el que, conviviendo con computadoras y satélites artificiales, la superstición y la leyenda ganan terreno en las aulas, en los medios de comunicación y en los gobiernos, en detrimento del pensamiento escéptico, del juicio crítico que nos permitió abandonar la edad de piedra y construir una civilización tecnológica. El creacionismo, las ciencias ocultas, los ovnis o el integrismo no son sino distintas manifestaciones de la irracionalidad humana frente al mundo que nos rodea. La mayoría de los periódicos dedican una sección diaria a la astrología y los horóscopos, pero, ¿cuántos dedican una sección similar para la ciencia? El autor achaca que hayamos llegado a esta situación a la pérdida de interés por la ciencia. En
una encuesta realizada en los Estados Unidos por la National Science
Foundation, el 50% de los adultos desconocía que la Tierra
girase alrededor del sol y que tarda un año en hacerlo; el
21% puede definir el ADN; sólo el 9% puede definir lo que es
una molécula; el 63% ignoraba que los dinosaurios se extinguieron
antes de la aparición del hombre, el 75% no sabía que
los antibióticos sólo matan a las bacterias y no a los
virus y 25 millones de norteamericanos no pueden localizar los Estados
Unidos en un mapa del mundo. Existe una alta tasa de analfabetismo
científico, desgraciadamente en aumento, que desemboca en actitudes
irracionales al ser incapaces culturalmente de comprender el mundo
con un pensamiento coherente con nuestros conocimientos. Agreguemos
a esto la influencia de las religiones que, con su postura dogmática,
no ayudan precisamente a la aceptación de la ciencia entre
los ciudadanos. Bastan dos ejemplos para ilustrar este punto: en 1993,
el jeque Abdel-Aziz Ibn Baaz, máxima autoridad religiosa de
Arabia Saudita, promulgó que la Tierra es plana, y la reacción
de algunos rabinos ortodoxos cuando se estrenó la película
Parque Jurásico en Israel, puesto que el universo tiene
menos de seis mil años de antigüedad según sus
creencias, proclamar que los dinosaurios vivieron hace cien millones
de años era una gran infamia. Por cierto que esta doctrina
la comparten igualmente los creacionistas en los Estados Unidos, y
que difunden en los colegios anatemizando a Darwin y negando la evolución
de las especies. Lo
anterior también nos lo remarca Richard Feynman en su discurso
a la generación 1974 del Caltech (Feynman, 1999), titulado
Cargo Cult Science, en donde les hace ver a los graduandos
sobre la importancia de alejarse de las pseudociencias, que pretenden
ser "científicas" y que nos invaden en diversas áreas
de la sociedad; y trabajar bajo los métodos que realmente son
científicos. Por
todo esto es importante el aumentar el alfabetismo científico.
Según Eduardo Martínez (1997), la disminución
del analfabetismo científico debe contribuir a que el conocimiento
científico y tecnológico constituya una componente central
de la cultura, de la conciencia social y la inteligencia colectiva,
y a la efectiva integración cultural, étnica, lingüística,
social y económica. En el largo plazo, el aumento del conocimiento
científico básico, como toda actividad socio-cultural
necesariamente debe tener un impacto en el desarrollo económico
y social de las naciones, más específicamente en:
Alfabetismo El concepto de alfabetismo, más allá de ser estático, ha cambiado a través del tiempo. Históricamente, el término alfabetismo ha sido definido de muchas maneras. Dichos conceptos responden a circunstancias políticas y económicas emergentes, valores culturales cambiantes y nuevas posibilidades tecnológicas. Las
nociones sobre alfabetismo son conformadas por la historia y conforman
a la propia historia como retribución. Ellas cambian en cualquier
momento dado -en lo que se entiende ser la sustancia del alfabetismo,
en lo que se supone ser alfabeta y con qué propósito-.
No hay necesidad de decir que todas ellas están fuertemente
ligadas. A medida que evolucionó el concepto de alfabetismo desde la visión de las artes liberales, designó los estudios adecuados para aquellos hombres con capacidad de pensar. Eventualmente, se codificaron en el trivium (estudios en gramática, lógica y retórica) y el quadrivium (aritmética, geometría, astronomía y música). En la Edad Media, los escolásticos de la iglesia -quienes en especial tenían que se ser letrados o alfabetas dada su responsabilidad por preservar el conocimiento del pasado- añadieron al trivium y al quadrivium el estudio del latín, árabe y griego. Quien cambió radicalmente este aspecto fue Gutenberg. A
medida que maduró el Renacimiento, las artes liberales llegaron
a ser vistas como aquellos estudios que impartían una educación
liberal amplia, en contraste con una especializada o vocacional. El
número de personas que tenían razón para leer
podían, entonces, hacerlo y tener acceso a grandes cantidades
de material de lectura. Durante
el siglo XIX, la revolución industrial y la democracia creciente
aceleraron la tendencia hacia la educación universal. En 1870,
Inglaterra fijó el patrón con el Acta de Educación
de Foster, garantizando una educación básica para todos.
Diversos eventos en el siglo XX -tales como el sufragio de la mujer,
movimientos de igualdad, los rápidos cambios sociales y económicos
dirigidos por la tecnología y los efectos de las dos guerras
mundiales- provocaron avances en el alfabetismo en la mayoría
de los países industrializados. En
un estudio realizado por el Educational Testing Service (ETS)
y reportado en Rutherford y Graham (1995) se define alfabetismo como
"el uso de información impresa y escrita para funcionar
en la sociedad, alcanzar los objetivos personales y desarrollar el
conocimiento y potencial propios". En dicho estudio se consideran
tres escalas de alfabetismo: de prosa, de documentos y el cuantitativo.
Sin embargo, para los propósitos de la presente investigación,
utilizaremos una concepción alterna de alfabetismo,
aquella que -para nuestros propósitos- podrá ser más
útil y que caracteriza al alfabetismo en términos del
conocimiento mínimo y las habilidades que un individuo requiere
para ser considerado alfabeta en un dominio dado. Mientras
que la definición de alfabetismo adulto en el reporte ETS habla
de "conocimiento que es requerido", el conocimiento
que cuenta es claramente el conocimiento de procesos más que
el conocimiento de contenido -el conocimiento sobre cómo hacer
algo más que el conocimiento de algo-. La concepción
funcionalista de alfabetismo no predica algún conocimiento
particular de las artes, las humanidades o las ciencias. Por otro
lado, en la tradición de las artes liberales, la tendencia
es hacer énfasis en la adquisición de la comprensión
y entendimiento y ciertas habilidades asociadas con sus diversos dominios.
Como veremos más adelante, varios de los enfoques al alfabetismo
científico reflejan elementos de ambas definiciones -la de
las artes liberales y la funcional-. Según Bybee (1997), la medición del alfabetismo ha variado desde ser capaz de escribir el propio nombre a ser altamente educado. En los Estados Unidos, el alfabetismo ha sido definido por la habilidad para leer un periódico, mientras que -en 1940- el censo lo definió como haber completado el cuarto grado de estudios primarios. Aunque las definiciones han variado, ser alfabeta ha sido referido de manera consistente con alcanzar una habilidad suficiente en los procesos requeridos para interpretar culturalmente información significativa. Esta consistencia se ve reflejada en el enfoque de Edward Hirsh denominado Alfabetismo Cultural. Él describe a una persona alfabeta cultural como aquella que posee la información básica requerida para prosperar en el mundo moderno. Analfabetismo científico Ciencia
y tecnología representan hoy todo lo que la sociedad
espera, no sólo para la solución específica de
sus grandes problemas, sino también como motores permanentes
de su desarrollo económico. Este último hecho manifestado
en forma especial en el documento: Science in the National Interest
(1994) elaborado por la Oficina Ejecutiva del Presidente de los Estados
Unidos y con un prefacio, tanto del Presidente William Clinton y el
Vicepresidente Al Gore. Julio
Muñoz, Secretario General de la Asociación Española
de Periodismo Científico, nos indica: "El conocido
supuesto de que si el desarrollo científico y tecnológico
se detuviera la sociedad regresaría a una época todavía
más precaria que la de las cavernas ya forma parte del sentir
del ciudadano medio en casi todos los países del mundo. Esto
quiere decir que la ciencia y la tecnología han alcanzado algo
así como ese famoso 'punto de no retorno' de los lanzamientos
espaciales, en cuanto al progreso de la humanidad se refiere". Al
revisar la literatura, nos encontramos con acrónimos como PUS
(Public Understanding of Science) y SL (Scientific
Literacy). El supuesto implícito al utilizar palabras como
público y alfabetismo o letrado es que
la ciencia y la tecnología son buenas para todo el mundo, que
todos los miembros del público en la sociedad moderna deben
ser letrados o alfabetas en ciencia y tecnología. Nuestra visión
del mundo es una visión basada en la ciencia. Tal como nos
lo indica Sjøberg (1996), "Nos gusta pensar que la
ciencia ha empujado hacia un lado las cortinas de la ignorancia, y
ha reemplazado los mitos y creencias con verdades verificables. Nos
gusta pensar acerca de nuestra sociedad como un lugar donde el conocimiento
científico y el pensamiento racional han reemplazado dogmas,
supersticiones y prejuicios". La
sociedad espera que sean la misma ciencia y la misma tecnología
las que desarrollen soluciones para los problemas que ellas mismas
han creado y siguen creando. Basta con citar las alteraciones de la
capa de ozono, las lluvias ácidas, las mareas negras, los vertederos
tóxicos, la deforestación o incluso recordar los dramáticos
nombres de Chernobil -en Rusia- o de Bophal -en la India-, eventos
que están en la mente de todos nosotros (por lo menos, eso
es lo que suponemos). De todo lo anterior deberíamos esperar que el conocimiento científico esté muy difundido entre los miembros de las sociedades actuales, que la mayoría de las personas compartan el conocimiento sobre el que se construye nuestra sociedad, y sobre el que nuestra visión del mundo está fundamentada. Quisiéramos
pensar que las personas tienen actitudes científicas interiores,
maneras de pensar, estados mentales. También nos gustaría
pensar que los nuevos retos de la humanidad son enfrentados de una
manera racional y crítica, no con prejuicios, supersticiones
y emociones injustificadas. Tristemente, estos supuestos no son una
realidad. Entre los educadores y los científicos no se requiere
el reafirmar el valor y méritos educacionales de la ciencia
para todo el mundo, nuestro problema es, por supuesto, que el "resto
del mundo" no ve tan evidente ese valor con la misma profundidad
en que lo hacemos nosotros. De ahí que surja la problemática
de lo que se ha llamado analfabetismo científico. Iniciemos
la descripción de este problema definiendo, en primera instancia,
lo que entendemos por ciencia. Holton (1993) nos la define
de la siguiente manera: "la ciencia se relaciona con explicaciones
generales, leyes y teorías, objetivas, universales e independientes
del tiempo, lugar o contexto". El propósito de la
ciencia es el "saber por qué" de las cosas
o "la búsqueda de la verdad". Otra definición
aceptada de manera muy popular es: ciencia es la acumulación
sistemática, organización y diseminación del
conocimiento; mientras que el diccionario Merriam-Webster on line
(2001) nos la define como un conocimiento o un sistema de conocimiento
que cubre verdades generales o la operación de leyes generales
que son obtenidas y probadas por medio del método científico.
Podríamos buscar y encontrar más definiciones sobre
ciencia, pero lo que es importante, tal como nos lo expresa
Sjøberg (1996) es que la ciencia es un elemento fundamental
en nuestra cultura, ella ha conformado nuestra visión del mundo,
está fuertemente conectada con nuestro pensamiento filosófico,
y comprende ideales, normas y maneras de pensar que están en
el corazón de nuestra cultura. La modernidad, la racionalidad
y la iluminación son elementos clave en nuestra sociedad, y
estos están conectados inherentemente con el pensamiento científico.
La ciencia es uno de los más grandes productos culturales
de la humanidad y la noción de una "persona educada"
en nuestra sociedad moderna debe incluir un encuentro con la ciencia
como empresa humana. La
educación científica se proporciona a los alumnos desde
los grados preescolares (a un nivel básico) hasta la propia
universidad (a un nivel más avanzado). En casi todos los niveles
educativos podemos encontrar materias relacionadas directa o indirectamente
con temas científicos. Sin embargo, ha proliferado una verdadera
explosión en el interés dedicado a explorar el entendimiento
de la ciencia entre el público general. Podemos encontrar un
movimiento internacional en este campo, con personas y organizaciones
involucradas en la definición y medición de conceptos
sobre el analfabetismo científico y en la identificación
de las causas y buscando la mejor forma de hacer frente al reto o
de mejorar la situación actual. Basta
mencionar algunos ejemplos para ilustrar lo anterior. En los Estados
Unidos, existe el International Centre for the Advancement of Scientific
Literacy (Miller, 1993); en el Museo de Ciencias de Londres existe
una oficina dedicada al entendimiento público de la ciencia,
e incluso existe una publicación internacional con el mismo
enfoque y nombre. En los Estados Unidos, la National Science Foundation
publica reportes anuales sobre indicadores de ciencia y tecnología
(NSF, 2000). La Comisión Europea (1993) ha publicado datos
que comparan el entendimiento público de la ciencia en países
Europeos. Existe también el International Council for the
Comparative Study of the Public Understanding of Science and Technology,
así como conferencias internacionales dedicadas al entendimiento
público de la ciencia (1994 en Londres, 1995 en Beijing y 1997
en Chicago). Todas
las anteriores organizaciones y reportes nos dan idea de la preocupación
existente y sus resultados se ven reflejados en una serie de iniciativas
y programas que tratan de dar una solución al problema. Tal
es el caso del llamado Project 2061 de la American Association
for the Advancement of Science (AAAS, 1989)* en el que un panel
de científicos, matemáticos y tecnólogos identifican
qué es lo más importante que la nueva generación
debe conocer y ser capaz de hacer en ciencia, matemáticas y
tecnología - que los convertirá en alfabetas científicos.
Las recomendaciones de este panel se integraron en la publicación
Science for All Americans que define el alfabetismo científico
y fija algunos principios para el aprendizaje y enseñanza efectivos.
En el año de 1993 se agregó al reporte la sección
Benchmarks for Science Literacy en la que se presentan elementos
de comparación para determinar que requieren estudiar los alumnos
en la escuela para convertirse en alfabetas científicos. Otro
programa, a gran escala y en los Estados Unidos, está organizado
conjuntamente por la National Academy of Science y el National
Research Council. Después de involucrar a miles de científicos,
profesores y educadores, publicaron un importante reporte en 1996
titulado National Science Education Standards (NRC, 1996),
en el que el primer párrafo es: "Esta nación ha establecido
como un objetivo el que todos los estudiantes alcancen el alfabetismo
científico. Estos estándares nacionales de educación
están diseñados para permitir que la nación alcance
dicho objetivo". Vale
la pena comentar que ambos proyectos tienen similitudes en cuanto
a que:
Como
un último ejemplo de otra iniciativa, la UNESCO lanzó
un ambicioso proyecto titulado Project 2000+: Scientific and Technological
Literacy for All. Aunque no ha tenido la misma repercusión
de otros proyectos similares, nos brinda una idea más de la
preocupación subyacente al problema del analfabetismo científico
en todo el mundo. Después
de haber revisado las manifestaciones del fenómeno descrito,
pasemos a analizar qué es lo que se entiende por alfabetismo
científico o, más comúnmente utilizado, el término
en forma negativa como analfabetismo científico. ¿Qué
significa el término?, ¿significa conocimiento de los
hechos y logros de la ciencia?, ¿significa familiaridad con
el trabajo científico?, ¿significa contar con el suficiente
entendimiento para hacer juicios independientes sobre decisiones relacionados
con ciencia en nuestra sociedad?, o ¿significa todo lo anterior
al mismo tiempo? Para
Shamos (1995), el alfabetismo científico no reside únicamente
en poder hacer juicios personales sobre decisiones científicas
ya que, según él, sólo el 6 ó 7 por ciento
de los adultos en Estados Unidos alcanzan esta clasificación.
Para este autor, el término significa algo más: el pensar
científicamente a diferencia del pensamiento común y
nos propone que esto sólo se logrará a través
de una educación científica seria, tanto de los propios
profesores como de los alumnos, desde los primeros grados escolares.
Él define tres tipos de alfabetas científicos:
Un tipo adicional a los anteriores es el propuesto por John Miller, citado en Polino (1999), al que llama alfabeta científico cívico y que en su libro percepciones del público ante la ciencia y la tecnología dice: "(...) la alfabetización
científica cívica es multidimensional (...) implica
tres dimensiones relacionadas: un vocabulario básico de términos
y conceptos científicos suficiente como para poder leer opiniones
divergentes en los periódicos, una comprensión del proceso
de investigación científica, y una comprensión
de las repercusiones de la ciencia y la tecnología en los individuos
y la sociedad". En
cuanto al tipo de alfabeta funcional descrito por Shamos, vale
la pena mencionar lo que comenta Polino (1999) sobre el analfabetismo
funcional tradicional: (...) incluso dejando a un lado a los países
más pobres del mundo, una proporción considerable de
población de los países industrializados está
en condiciones de analfabetismo funcional. Son personas que no poseen
ciertas competencias mínimas para desenvolverse en las sociedades
contemporáneas: por ejemplo, usar un fax o una computadora.
(...) Este analfabetismo funcional contribuye a agravar más
la situación del analfabetismo científico: "para
millones de adultos que no están alfabetizados funcionalmente,
el mundo de la ciencia está tan alejado como el planeta Plutón". Por
otro lado, para Francisco Ayala, expresidente de la AAAS y miembro
del Comité de Consejeros del presidente Clinton, hoy debe entenderse
como alfabetismo científico "un conocimiento del quehacer
cotidiano de la ciencia", siendo "analfabetas científicos
quienes carezcan de los conocimientos suficientes para poder responder
a los planteamientos técnicos que influyen de forma significativa
en nuestra vida cotidiana y en el mundo de la actividad política". Esta
última opinión la comparten Robert Hazen y James Trefil
en su libro Science Matters - Achieving Scientific Literacy (1991)
en donde expresan: "el alfabetismo científico constituye
el conocimiento que una persona requiere para entender decisiones
públicas. Es una mezcla de hechos, vocabulario, conceptos,
historia y filosofía. No es el conocimiento especializado de
los expertos, pero sí el conocimiento más general y
menos preciso usado en los discursos políticos. Si una persona
puede entender las noticias del día relacionadas con la ciencia,
si puede poner artículos con titulares acerca de la ingeniería
genética y del agujero de ozono en un contexto significativo
y, en general, si puede tratar las noticias acerca de la ciencia en
la misma manera que trata todo lo que viene sobre su horizonte, entonces
esa persona es un alfabeta científico". Para
Rutherford y Ahlgren (1990), director y director asociado respectivamente,
del proyecto 2061, el alfabetismo científico incluye
el estar familiarizado con el mundo natural, entendiendo cómo
la ciencia, las matemáticas y la tecnología son empresas
humanas que dependen una de otra, y ser capaz de usar conocimiento
y maneras de pensar científicas para propósitos personales
y sociales. Complementando
las definiciones anteriores, revisemos la que se propone en el documento
National Science Education Standards (NRC, 1996): "Alfabetismo
científico significa que una persona puede preguntar, encontrar
o determinar respuestas a preguntas derivadas de la curiosidad acerca
de las experiencias diarias. Significa que una persona tiene la habilidad
para describir, explicar, y predecir fenómenos naturales. Implica
que una persona pueda identificar aspectos científicos que
soportan las decisiones de tipo local o nacional y exprese opiniones
al respecto sustentándose tanto científica como tecnológicamente". Como
se puede apreciar, existen muchas versiones para la definición
de alfabetismo científico. Un autor que se ha preocupado
por esclarecer más el término y al mismo ha estudiado
su evolución a través del tiempo es Bybee (1997). En
su libro Achieving Scientific Literacy: From Purposes to Practices
nos brinda un panorama muy completo de la evolución y perspectivas
actuales del término. Podemos concluir esta sección
indicando que tanto para Bybee como otros autores (Sjøberg,
S., Kallerud, eds. (1997); Saskatchewan Education (1992); NRC, (1996))
el concepto de alfabetismo científico se norma al ver
la ciencia bajo tres grandes dimensiones o aspectos:
En
relación a estas dimensiones, el documento Science for All
Americans (AAAS, 1989) nos propone ver a la ciencia bajo los siguientes
aspectos:
Habilidades y conocimientos para
el alfabetismo científico La
pregunta que surge en este momento es la siguiente: ¿qué
habilidades y conocimientos se requieren para que una persona sea
considerada como un alfabeta científico? Analicemos,
en primera instancia, el caso Canadiense: para las escuelas de Saskatchewan
se ha reformado el currículum de primaria y secundaria al definir
el alfabetismo científico sustentado bajo siete dimensiones.
De manera muy general, estas dimensiones indican que la ciencia permitirá
al estudiante:
Una
segunda opinión es la contenida en el documento Science
for All Americans (AAAS, 1989) en la que se expresa que una persona
letrada científicamente debe entender y/o saber que:
Todo
lo anterior bajo la posesión, por lo menos en un cierto grado,
de algunos de los valores, actitudes y habilidades característicos
de la ciencia; por ejemplo:
Por
otro lado, refiriéndonos a los conocimientos básicos
y fundamentales para la ciencia actual, James Trefil en su capítulo
Scientific Literacy -editado en el libro de Gross y colaboradores
(1996)- nos brinda una lista de las ideas centrales en la ciencia
que, en cierto orden de importancia, son:
Bajo
esta misma tónica, el mismo documento Science for All Americans
(AAAS, 1989) indica que los conocimientos básicos que debe
poseer un alfabeta científico son:
Conclusiones De
todo lo analizado y descrito anteriormente, podemos derivar ciertas
conclusiones respecto a la labor docente. Primero que nada es importante
el estar conscientes sobre el problema que representa el analfabetismo
científico en el mundo actual. Este desconocimiento de la ciencia
básica es un hecho a nivel mundial no un fenómeno de
tipo regional en sólo algunos países o continentes. En
segundo lugar, como profesores en cualquier nivel y que nos encontremos
relacionados muy cercanamente con la ciencia y tecnología,
debemos preparar a nuestros alumnos bajo las premisas y recomendaciones
expresadas en el presente artículo. Un elemento esencial para
que los egresados de cualquier institución se desempeñen
en su labor profesional y sean competitivos a nivel internacional
es, precisamente, el que cuenten con una cultura científica
mínima para poder desenvolverse en el siglo XXI. Por último, debemos estar conscientes también de la importancia que tiene dentro del diseño de cursos y la currícula el incorporar elementos que ayuden a elevar el alfabetismo científico de todos nuestros alumnos. Las materias más relacionadas con la ciencia y la tecnología son un área interesante donde podemos incluir actividades y temas que, bajo las premisas descritas en este artículo, eleven la cultura científica básica de todos nuestros jóvenes, no importando el área del conocimiento que estudien.
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