Número 7 - Mayo 2000

John LockeJohn Locke
(1632-1704)

John Locke nació cerca de Bristol, Inglaterra, un 29 de Agosto de 1632. Se educó en la Westminster School y en la Christ Church de Oxford. En 1658 se convirtió en tutor y profesor de Griego y Retórica. Más tarde volvió a Oxford y estudió medicina.

Tras algunas viscicitudes en el mundillo de la política internacional, que le valieron no pocos problemas, Locke volcó la experiencia de su vida intelectual en dos obras cumbre: Ensayo sobre el Entendimiento Humano (1690) y Pensamientos sobre Educación (1692). La última parte de su vida fue dedicada a tareas administrativas y económicas, hasta que murió en Oates, el 27 de octubre de 1704.

La fama de Locke es mayor como filósofo que como pedagogo. Prácticamente todo el pensamiento posterior fue influido por su empiricismo, hasta desembocar en el escepticismo de Hume. En lo pedagógico, Locke no pretendió crear un sistema educativo, sino explicar los lineamientos de la educación para los hijos de la nobleza, no obstante lo cual sus ideas representan tanto un reflejo de la percepción pedagógica de su tiempo como una reflexión profunda sobre sus bondades, defectos y alcances.


Citas
John Locke, 1692

Parte II

l ¿Quién espera que bajo un tutor el joven se vuelva un crítico eximio, un orador o un lógico, que llegue al fondo de la metafísica, la filosofía natural o las matemáticas, o sea un doctor en historia o cronología? Aunque un poco de cada una de estas materias deben serle impartidas, es sólo para abrir la puerta de modo que mire dentro, como quien inicia una relación, pero no para que se explaye en ellas.

l Cuanto antes se lo trate como un hombre, más rápido se volverá uno. Si se admite al joven en conversaciones serias lentamente se elevará su mente por sobre las ocupaciones usuales de la juventud, y esos intereses en los que típicamente pierde el tiempo. Es común observar que muchos jóvenes continúan con sus comportamientos y conversaciones de escolares simplemente porque sus padres los mantienen a distancia y en esa condición merced al trato infantil que les brindan.

l No debe ocuparse todo el tiempo en darle lecturas y en dictarle magistralmente aquello que debe observar y respetar. Escucharlo a su debido momento, y acostumbrarlo a razonar sobre lo que se le propone, hará que las reglas le sean más sencillas y se afirmen más sólidamente, y le dará mayor aprecio por el estudio y la instrucción.

l Deben mostrársele ejemplos, y solicitar su juicio. Ésto abre el entendimiento más que las máximas, no importa qué tan bien se las haya explicado, y afirma las reglas en la memoria a causa de la práctica. Las palabras son, en el mejor de los casos, débiles representaciones, y poco más que la sombra de las cosas.

l Que un niño nunca debe ser tolerado ante cualquiera cosa que pida, menos todavía cuando llora, es evidente. Pero corro el peligro de ser malinterpretado y por eso me explicaré. Es apropiado que los niños tengan libertad de pedir a sus padres, y que con toda ternura se los complazca y se los provea, sobre todo cuando son pequeños. Pero una cosa es decir "tengo hambre" y otra "quiero comer carne asada".

l La recreación es tan necesaria como el trabajo o la comida. Pero desde que no puede haber recreación sin placer, el cual no depende siempre de la razón sino del capricho, debe permitirse a los niños no sólo divertirse, sino hacerlo a su manera, siempre que sea inocentemente y sin perjuicio para su salud.

l En cuanto a la posesión de bienes materiales, enséñese a compartir lo que se tiene, libre y fácilmente con los amigos, y a aprender por experiencia que los más generosos son los que más tienen.

l Desde el principio debe educarse a los niños en el aborrecimiento de la matanza o tormento de cualquier criatura viva, y enseñarles a no desperdiciar o destruir nada salvo que sea para preservar algo más noble.

l La curiosidad en los niños es un apetito del conocimiento, y debiera ser alimentada no sólo como un buen signo, sino como el gran instrumento que la naturaleza nos ha dado para eliminar la ignorancia en la que nacemos, y sin la cual seríamos criaturas inútiles.

l Esto me parece obvio: que los niños odian estar ociosos. Lo que importa entonces es que su humor esté siempre ocupado en algo útil, procurando que lo que tengan que hacer sea para ellos una recreación, y no un trabajo.

l Aunque estemos de acuerdo en que los niños deben tener muchos juguetes, pienso que no debería comprársele ninguno. Esto contribuiría a que alejen sus mentes de lo superfluo, volviéndose inquietos y perpetuamente deseosos de obtener algo más, incluso sin saber qué, y a nunca sentirse satisfechos con lo que tienen.

l Cuando se lo descubra en la primer mentira, debe reaccionarse como descubriendo algo monstruoso en él, antes que reprocharle una falta ordinaria. Si la repitiese, la siguiente vez deberá ser seriamente reconvenido, y mostrársele que ha caído en desgracia frente a su padre, madre y todos los que lo rodean. Si todavía ésto no lo cura, deberán darse algunos golpes, porque luego de tanta advertencia una mentira premeditada debe ser vista siempre como obstinación, y nunca permitirse que pase sin castigo.

l Los niños, temerosos de que sus faltas sean vistas al natural, tratarán, como todos los hijos de Adán, de inventar excusas. Ésta es una falta que orilla la mentira y que lleva a ella, y no debe ser tolerada, sino más bien curada a través de la vergüenza, mucho antes que por la violencia.

l Cuando considero cuánto se habla sobre la necesidad de enseñar Latín y Griego, sobre los años que se deben ocupar en ello, y cuánto ruido se hace para nada, se me ocurrre que los padres todavía viven temerosos de la vara del maestro, a la que ven como única herramienta educativa, y por eso aceptan estas reglas como si todo en la enseñanza se limitase a ellas. ¿De qué otro modo es posible que un niño sea encadenado a los remos durante siete, ocho o diez de los mejores años de su vida para apropiarse de un idioma o dos, cuando podrían adquirirlos más fácilmente y más rápido si se los enseñase jugando?

l Debe instruírse, pero en segundo lugar en importancia, subsidiariamente a la educación en virtudes superiores. Búsquese formar a alguien que discretamente controle sus modales, aliméntese y celébrese todo lo bueno que hay en él, suavemente corríjanse y elimínense las malas inclinaciones, y afírmense los buenos hábitos. Ésto es lo principal, y habiéndolo asegurado el aprendizaje vendrá solo.

l Los niños no deberían trabajar, ni sus mentes ni cuerpos ocuparse de ésto. Si se los fuerza y ata a los libros a una edad naturalmente enemiga de estos menesteres, es seguro que odiarán el estudio por el resto de sus vidas.

l La mayor habilidad de un maestro es provocar y mantener la atención de su alumno. En tanto lo logre, puede estar seguro de avanzar tan rápidamente como las habilidades del estudiante lo permitan. Para logarlo, debe hacer que el niño comprenda la utilidad de lo que se le enseña, y hacer que vea que gracias a lo que ha aprendido puede hacer cosas que antes eran imposibles, algo que le da una ventaja sobre los ignorantes. A ésto debe agregar dulzura en todas sus lecciones, y una cierta ternura en su trato, que haga al niño sensible y le muestre que lo ama y que sólo busca su bienestar. Éste es el único modo de ganarse el afecto del niño, a fin de que se aplique al estudio y aprecie lo que se le enseña.

l El trabajo del maestro no consiste tanto en enseñar todo lo aprendible, como producir en el alumno amor y estima por el conocimiento, y ponerlo en el camino correcto para aprender y mejorarse cuando así lo desee.

l Nuestro gran asunto es la virtud y la sabiduría: Nullum numen abest si sit Prudentia. Enséñese a dominar las inclinaciones y a someter el apetito a la razón. Hágase la mente lo más sensible que se pueda al elogio y la reprobación y entonces se habrá instilado un verdadero principio que no se compara con el miedo a la vara, y que será el cimiento donde luego apoyar los más grandes principios de la moralidad y la religión.

Citas tomadas de Pensamientos sobre Educación, Secciones 9-10


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