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En los años
sesenta, época turbulenta como pocas, tuvo lugar un fenómeno
social del que ya casi se ha perdido la memoria pero que, en su momento,
tiñó con su influencia todas las protestas y demandas
de cambio. Los americanos lo llamaron "the generation gap",
la brecha generacional. Más abismo que brecha, en realidad,
la expresión daba cuenta del antagonismo visceral que enfrentaba
a padres e hijos, profesores y alumnos, adultos y jóvenes y,
por extensión metafórica, a gobernantes y gobernados.
Cuando toda una generación, casi sin límites geográficos,
hizo suyos los ideales de una profunda renovación espiritual
y lanzó su grito de batalla pidiendo por un mundo más
natural, solidario y pacífico ("¡no hagas la
guerra, haz el amor!"), el puritanismo anglosajón
y con él todas las culturas conservadoras temblaron ante lo
que consideraban pura subversión.
De
una manera u otra, la Historia se encargó de absorber el impacto
y hoy la brecha generacional es una cosa del pasado, enterrada -para
bien o para mal- bajo el polvo de tres largas y tumultuosas décadas.
Podría decirse que -superficialmente- fue un empate; los adultos
de hoy siguen siendo conservadores y poderosos, pero perdieron lo
que antes era su bien más preciado, la juventud; los jóvenes
de nuestro tiempo todavía no ostentan el poder político,
pero gozan de privilegios y libertades impensadas en los sesenta y
su juventud misma es tenida como el non plus ultra de la perfección
humana. En lo demás, la injusticia social, la guerra, el consumismo
y el daño ambiental siguen incólumes o han aumentado
y, en ese sentido, ambas partes han perdido por igual.
Ahora,
el siglo veintiuno nos enfrenta a una nueva y sorprendente brecha,
anticipada a duras penas por algunos escritores de ciencia-ficción
usualmente calificados de "apocalípticos". Una brecha
digital ("the digital divide"), separa a los que
tienen acceso a las nuevas tecnologías informáticas
de quienes no pueden o no saben cómo aprovecharlas.
Tan
grave y evidente es el fenómeno, que el Departamento de Comercio
de los EEUU llevó a cabo una profunda investigación
durante la Administración Clinton para buscarle soluciones.
Establecida como prioridad la informatización universal (de
los norteamericanos, claro está), pronto salió a la
luz la diferente velocidad con que avanzaban económica y culturalmente
los dos sectores, y se constató enseguida que el espacio que
separaba a los poseedores de la tecnología de los "nuevos
desposeídos" aumentaba con rapidez.
En
1998, los hogares norteamericanos con un ingreso de 75.000 dólares
anuales o más tenían veinte veces más chances
de poseer acceso a la Internet que los rurales de bajos ingresos,
y nueve veces más computadoras. Los blancos de cualquier condición
estaban mejor informatizados que cualquier negro o hispano, aún
siendo estos afluentes, y entre ese año y el anterior la diferencia
entre blancos e hispanos o negros -en términos de tecnificación
informática- aumentó un 5%, en tanto la diferencia entre
personas con acceso a una buena educación y los menos educados
se acrecentó un 25% y, entre los ricos y los pobres, un 29%,
referidos al acceso a las nuevas tecnologías.
Según
las conclusiones de esta investigación, el censo determinó
que "en el lado positivo, es aparente que todos los norteamericanos
están conectándose -sea por teléfono, computadora
o la Internet- cada vez más, a medida que pasa el tiempo. Por
otro lado, ciertos grupos están avanzando mucho más
rápido que otros, de manera que los que ya tienen acceso se
han favorecido aún más en 1998, mientras que los que
no lo tienen se han quedado todavía más atrás
en términos relativos".
El
problema de la brecha digital tiene un costado naturalmente tecnológico.
Quienes ya disponen de recursos, aún primitivos o limitados,
parten de un lugar privilegiado y pueden incrementar su aprovechamiento
en progresión geométrica. Los que no los tienen están
constreñidos por la falta de comunicación, el pobre
acceso a la información y la necesidad de continuar haciendo
sus tareas de un modo más ineficiente y, por ende, progresan
a un ritmo que es cada vez menor, comparativamente hablando.
Pero,
al mismo tiempo, el fenómeno de la brecha digital tiene su
lado social y económico, porque está inmerso en la realidad
de un mundo dominado por una ideología tecnocrática
y economicista -el neoliberalismo- que favorece con todas y cada una
de sus acciones la concentración del poder y la riqueza en
unas pocas manos y la inexorable exclusión de enormes contingentes
de humanos para quienes reserva -en el mejor de los casos- el rol
de consumidores compulsivos de la escoria industrial. En breve resumen,
la brecha digital no es sino un reflejo de otra división más
importante que nace de la propia filosofía del sistema.
Deberíamos
distinguir con precisión, llegados a este punto, qué
es lo que realmente significa estar de uno u otro lado de la brecha
digital.
Según
el Centro Nacional de Estadísticas Educativas (NCES) de los
Estados Unidos, se gradúan de la escuela secundaria por año
algo menos de tres millones de jóvenes; en tanto el Bureau
de Estadísticas laborales estima que, desde 1994 al 2005, los
Estados Unidos de América estarán necesitando más
de un millón de programadores de computadora, analistas de
sistema y computadores científicos para cubrir un promedio
de 95.000 nuevos empleos cada año. Pero está claro que,
incluso cubriendo estos puestos, no será posible afirmar que
para el 2005 un millón de norteamericanos estará de
este lado de la brecha y veintinueve millones del otro. Si esto fuese
lo que hace falta -lo único que hace falta-, bastaría
con una buena campaña de reclutamiento y propaganda en las
universidades para solucionar el problema.
La
capacitación digital de la que se habla es claramente otra
o, al menos, hay algo más que analistas de sistema y computadores
científicos en la mente de quienes se ocupan de la brecha.
Y esto podría ser el entrenamiento de mediano nivel necesario
para operar computadoras en el medio ambiente laboral, tanto en lo
profesional -arquitectos, abogados, médicos- como en la oficina,
el comercio o la escuela, con lo que entonces tenemos, por un lado,
personas digitalizadas "de verdad" (profesionales), y una
masa mucho más grande de "usuarios competentes" en
aplicaciones especializadas. ¿Se acaba aquí el mundo
digital?
Nada
de eso, porque justamente el grueso de la mentada demanda de personal
calificado en tecnología -eso que se llama ahora la "nueva
economía" y que alcanza en los países industrializados
hasta un cuarto del total de nuevos empleos- apunta a la prestación
de servicios que, utilizando herramientas informáticas, intentan
involucrar en el circuito electrónico a todo el resto de la
población económicamente activa.
Entonces
"ser digital" -para usar la expresión acuñada
por Negroponte- puede significar tanto diseñar páginas
para un sitio web como volverse usuario del mismo; construir un sistema
para el comercio electrónico o ser quien comercie a través
suyo; administrar un banco informatizado o ser su cliente. Vemos así
que se teje una intrincada red de interdependencias en la que la capacitación
profesionalizada de un sector con el fin de volver a la tecnología
productiva depende enteramente de que al mismo tiempo se capacite
a sus consumidores. Nadie osaría fabricar televisores en el
país de los ciegos y, por eso, los industriales modernos no
tienen un pelo de tontos al exigir que las escuelas instruyan a la
nueva generación en todo lo tecnológico, porque si hace
falta un ingeniero cada treinta egresados secundarios y un usuario
competente de aplicaciones específicas cada cuatro nuevos empleos,
hay entre ellos un cien por ciento de potenciales consumidores de
cualquier cosa que se enchufe.
Los
dos lados de la brecha digital, por lo tanto, están poblados
de la siguiente manera: en uno, los profesionales de la informática,
los prestadores de servicios... y todos sus clientes. En el otro,
sólo queda sitio para los inútiles, los desamparados,
los eternamente marginados; esos que no valen la pena porque no tienen
dinero para comprar o para consumir. A estos podría sumarse
-sin que hagan diferencia- un pequeñísimo pero vociferante
grupo de rebeldes antitecnológicos: los modernos "luditas",
también parias a su manera.
Desde
la óptica de la escuela, esta situación nos enfrenta
a un grave dilema moral. Sabemos cuál es la distribución
de la riqueza y de las oportunidades en el mundo de hoy y, por lo
tanto, sabemos también, con matemática certeza qué
proporción de nuestros alumnos ocupará cada uno de los
nichos que el sistema les tiene preparados. No podemos señalarlos
con el dedo ni decir sus nombres, pero sí nos consta cuántos
serán ricos o pobres, profesionales o improvisados, empleados
o desempleados. Sabemos, además, que allí donde no hagamos
el esfuerzo de informatizar a los estudiantes estaremos condenándolos
a poblar el lado oscuro de la brecha digital o, peor aún, cargamos
con el peso de saber que los que ya son pobres están condenados
y que aún si los informatizamos sin cambiar su situación
socioeconómica les estamos reservando el peor de los destinos:
contemplar el colorido universo que pudo haber sido suyo, que les
hemos enseñado a usufructuar, pero que les está irremisiblemente
negado por la condición con que llegaron al mundo.
Y
llamamos a esto un dilema moral porque cumple fielmente con las condiciones
de uno, es decir, nos presenta dos o más alternativas inmorales,
exigiéndonos que decidamos cuál de todas es "el
mal menor". Poner computadoras en escuelas marginales sin intentar
siquiera sacarlas a ellas y a sus alumnos de la marginalidad es absurdo,
poco útil y hasta cruel. No ponerlas es decidir que su marginalidad
será para siempre. Informatizar a vastos sectores de la población
implica encadenarlos al yugo de un consumismo febril e insensato de
basura tecnológica, que tiene como filosofía que la
felicidad radica en poseer antes que en ser. No hacerlo es quitarlos
del circuito básico de la economía y, casi con seguridad,
empujar a una porción considerable hacia la temida marginalidad.
Todo para que unos pocos -los "competitivos"- alcancen la
bienaventuranza neoliberal.
La
solución a un dilema moral como el que nos presenta la brecha
digital no es distinta que la de cualquier otro. Dentro del esquema
de prejucios con que se los analiza, la elección del mal menor
es siempre aceptada como -justamente- lo más "moral".
Y esto es exactamente lo que hacen nuestros gobernantes: buscan con
desesperación informatizar a la mayor cantidad posible de personas
para que, al menos, sobrevivan los más capaces, o los más
afortunados, o los más adaptables. El resto... bueno, ¡el
resto igual estaba condenado!
Esto
es exactamente lo que hacen porque no quieren salir del esquema de
pensamiento que angosta los límites del dilema moral; porque
no se permiten admitir que es precisamente el sistema el que está
fallando al generar una brecha educativa que sólo se resuelve
-al uso neoliberal- construyendo sobre la base de la exclusión
y la marginalidad; esto es, aceptándola como parte de una división
natural entre triunfadores ricos y perdedores pobres.
En
un ensayo titulado "La inequidad del ingreso aumenta no importa
cómo se la mida", publicado en septiembre de este
mismo año, los investigadores Jared Bernstein, Lawrence Mishel
y Chauna Brocht explican:
"Un argumento atribuye el aumento de la inequidad a la tecnología,
aduciendo que es un resultado inevitable del cambio hacia una nueva
economía gobernada por la computadora. Pero como numerosos
analistas han mostrado, el cambio tecnológico no llegó
con la computadora personal. Estas investigaciones muestran que la
tecnología es un fenómeno permanente; hemos visto muchas
"nuevas economías" en nuestra historia. Más
importante, el impacto de la tecnología en la estructura salarial
no ha sido mayor en los 80 o en los 90 que en períodos anteriores.
"
Si
no es la tecnología, ¿qué es entonces? La respuesta
parece obvia: el sistema ideológico que la impulsa. Es la intención
del que empuña un arma -no el arma misma- la que puede poseer
atributos éticos, la que puede preservar una vida o segarla
con una razón justa, o arbitrariamente.
En
tanto pretendamos resolver el dilema de la brecha digital conservando
las condiciones de inequidad a que hoy nos somete el neoliberalismo,
manteniendo intactas las condiciones socioeconómicas de nuestros
pueblos, perpetuando la dependencia tecnológica y monetaria
de nuestros países, dando prioridad a la sustancia sobre la
esencia, sólo conseguiremos producir más inequidad y
cualquier solución será ilusoria. No es poniendo a un
número limitado de "elegidos" de este lado de la
brecha como aliviaremos nuestra sed de justicia social, porque siempre
estarán los de la margen opuesta para enrostrarnos lo mayoritario
de su deplorable condición. Tampoco nos servirá de consuelo
pensar que la vida de este lado consiste en la glorificación
de la sociedad de consumo y que hemos "digitalizado" a las
personas para que su existencia transcurra apenas entre la televisión
interactiva y el cajero automático.
Los
educadores tenemos en nuestras manos el deber de eliminar cualquier
brecha del conocimiento que preexista en el mundo en que nos toca
vivir, sea digital o cultural. Pero hay un para qué
que trasciende esta misión. Los maestros no somos conservadores
insensibles que preservan el pasado transmitiéndolo sin más
propósito que la preservación. De nuestra tarea depende,
casi por sobre todo, eso que vagamente se llama "el progreso
moral de la humanidad", y que podría asociarse con la
búsqueda de la perfección, aunque en realidad se trate
apenas del cuántico avance hacia un mundo mejor.
Este
solo hecho determina un inevitable compromiso con la realidad y con
el futuro. Con la realidad, para cambiarla cuando no sea la que puede
producir el futuro que deseamos; con el futuro, para vigilar sobre
él -cuando ya no estemos en este mundo- como las gárgolas
de las catedrales: tiesas, silenciosas, pero simbólicas del
espíritu y la voluntad de los constructores.
Bertrand
Russell pedía, en 1926, "una generación de maestros
valientes" para cambiar al mundo. ¿No será hora
de que alguien responda a este llamado y decidamos de una vez por
todas que no hay otra manera de destruir todas las inequidades que
no sea eliminando sus causas más profundas? Si hoy, superada
la brecha generacional, ya no sufrimos la agonía de separarnos
en viejos y jóvenes, es posible entonces unir la sabiduría
y la experiencia de la adultez al fervor rebelde y a la vitalidad
juveniles para así barrer el mundo de egoísmo y desigualdad.
Maestros y alumnos, tal vez la fuerza más poderosa del planeta
si actúan en conjunto, podrían abocarse a definir los
ideales de un universo más sensato, más puro, más
generoso, y comenzar a construir una sociedad sin brechas.
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