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| Número 13 - Noviembre 2000 |
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La Educación de la Solidaridad
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El objeto de la educación necesita ser ampliado para poder orientar las respuestas que debe dar el hombre a los retos que se le plantean en el tercer milenio: globalización, teleinformación, redistribución de la riqueza, armonización de los avances científicos con la dignidad personal, respeto y mantenimiento de los recursos naturales, interculturalismo, etc. El siempre difícil arte y ciencia de educar adquiere una complejidad mayor: no basta con instruir las inteligencias, hay que educar a toda persona y prepararla para su futuro. En
el Informe a la UNESCO de la Comisión Internacional sobre la
educación para el siglo XXI, presidida por Jacques Delors,
se puede leer:
Es necesario volver a replantear seriamente el trabajo educativo, desde todas las instancias: familia, administración pública, profesores, y los demás agentes educativos, especialmente los mass media: prensa, cine, televisión, radio e Internet. Este replanteamiento debe realizarse partiendo del sujeto de la educación: la persona humana. Al profundizar en la persona y su verdad, podremos cimentar una nueva educación que supere las diferencias paralizantes de raza, sexo, religión, y condición social, que destruyen en vez de construir, que dividen en vez de unir, que hacen al hombre enemigo del hombre. En el último tercio del siglo XX, se han adelantado estudios sobre la situación del hombre y la educación en el mundo, en los que filósofos, científicos, pedagogos, humanistas, eran coincidentes. En "Aprender, horizonte sin límite" se recopilan algunos de ellos. Allí podemos leer que "aunque muy avanzados en otras dimensiones, los hombres y mujeres modernos son, hoy por hoy, incapaces de entender plenamente el significado y consecuencias de lo que hacen" (ii). Es -probablemente- una de las consecuencias del pensamiento moderno que ha sido incapaz de resolver acertadamente el verdadero enigma del hombre ante sí mismo. Para configurar el futuro creativamente es necesario que la educación aporte toda su experiencia y conocimientos de forma decidida y responsable. Que el temor a la equivocación no atenace a los educadores ni impida su vital contribución con otros a la configuración de la sociedad futura, en las que el desarrollo de la solidaridad en cada uno de nosotros tiene mucho que ver. Recientemente (el 2 de septiembre) en Gdansk, Polonia, se ha firmado un documento revelador: la Carta de los Deberes del Hombre. La Carta subraya la importancia de la solidaridad, como "un imperativo interno para actuar a favor de los demás" y seis ámbitos en los que, de manera principal, se han de cumplir los deberes de cada persona:
2. Hacia un concepto de solidaridad en el marco del desarrollo personal Escribe Víctor García Hoz (iv), a quien voy a seguir en la exposición de estas ideas, que la solidaridad (v) en el sentido etimológico (de solidus = fuerte, consolidado; de la misma raíz que soldar) significa fuerza, unión, cuyo principio más radical en el hombre es el amor, cuyo objeto propio es la unión con los otros. La solidaridad nace del amor mismo y se refuerza en la experiencia de que muchas aspiraciones humanas "sólo pueden alcanzar su adecuado cumplimiento en relación con los demás hombres (vi)" Solidaridad es, por tanto, el sentimiento que nos lleva a "sentirnos uno" con los demás. Especialmente, conlleva sumarse a las causas de los demás cuando éstas se consideran justas. La educación personalizada -que es el sistema pedagógico centrado en la persona- hace de la solidaridad un fin educativo, para que los alumnos puedan trabajar por superar los sentimientos individualistas y egoístas. Al profundizar en la solidaridad se toma conciencia de que no estamos solos en el mundo y que los demás nos son necesarios para la construcción de nuestra propia identidad, porque el hombre se hace en relación, en comunicación con los demás. La manifestación de esa conciencia se realiza a través de
La cooperación es la participación en una misma obra con beneficio para todos los que intervienen; la ayuda significa algo más, es la entrega del propio trabajo en beneficio de los demás, exclusivamente. La solidaridad también puede expresarse como un sentimiento con diferentes grados de intensidad:
Al
educar la solidaridad tendremos en cuenta todas sus manifestaciones
y grados, para seguir un proceso secuencial adaptado a los alumnos,
en la adquisición de esta virtud, que reúne la presencia
de muchas otras. Al mismo tiempo, habrá que estar al tanto
de las manifestaciones negativas de la conducta antisolidaria, siendo
la agresiva la más llamativa, para evitar su arraigo en la
personalidad adolescente. Se pueden señalar tres grandes áreas de acción, en las que manifestar la solidaridad, objeto de la educación de cada persona, según sus características:
Mark Malloch, administrador del PNUD (vii), afirma que cinco años después de la Cumbre del Desarrollo Social de Copenhague, "los resultados han sido decepcionantes". En el Informe del 2000 sobre los derechos humanos y el desarrollo humano del PNUD (Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo), se puede leer que -actualmente- hay casi 1.500 millones de personas que tratan de sobrevivir con menos de un dólar al día, y no sólo en los países más pobres sino también en los llamados industrializados. El número de niños obligados a trabajar asciende a 250 millones. "La
lucha contra la pobreza es uno de los desafíos que se presenta
ante la humanidad del nuevo milenio. La comida, la asistencia sanitaria,
la educación, el trabajo, no representan sólo objetivos
de desarrollo: son derechos fundamentales, que todavía son
negados, por desgracia, a millones de seres humanos" (viii),
afirma Juan Pablo II
Después de las que afectan al desarrollo físico de la persona (primum vivere, deinde filosofare), se ha de prestar atención a la vida afectiva de los demás, para que se sientan comprendidos y queridos, y así vaya creciendo la confianza en ellos mismos y la seguridad para expresar sus emociones y sentimientos. Esta fase de la educación es más difícil, porque el compromiso personal que se pide es mayor, pero también lo es la recompensa, al poder crecer personalmente con la interacción de los demás, teniendo ocasión de ejercitar las virtudes. "Sin generosidad, uno se condena a una soledad terrible. Uno puede tener mucho dinero, pero, si no se tiene en cuenta a los demás, debe pagar el alto precio del abandono y de la muerte del deseo". Así se expresa Walter Salles, el director de la película Estación Central de Brasil, en la cuenta la evolución de un país de la indiferencia y de la impunidad hasta un país de la solidaridad, del descubrimiento del afecto, del encuentro con los demás. Hace unos años, escribía Edgar Morin en Le Monde: "el sistema asistencial no se ocupa de la soledad y de las miserias morales, salvo cuando adoptan la forma de dolencias psiquiatricas o psicosomáticas y son tratadas como enfermedades (ix)" No podemos tranquilizar nuestras conciencias pensando en que la administración se encargará, somos todas las personas a quienes nos corresponde.
Son aquellas que atienden en los demás las necesidades superiores de la personas: conocer la verdad, la ciencia, ejercitar la libertad, profundizar sobre su origen y finalidad, practicar la relación con Dios. En este ámbito, la solidaridad se preocupa de enseñar a ser autónomos, a tener juicio personal, de promover personas independientes, capaces de elegir su propio proyecto personal de vida. No se puede trabajr en este punto si no se tiene un mínimo de entrenamiento de hábitos y virtudes que superan el egoísmo, si no se tiene el autodominio que facilita la relación y comunicación con los demás, para ofrecer motivos trascendentes para orientar la acción del hombre con el conocimiento de Dios. Entre todos, unidos solidariamente, hemos de ser capaces de trabajar en la nueva ciencia y la nueva tecnología que Freeman John Dyson (x) denomina tecnología verde, y será continuación de la gris, que se basa en el bronce y el acero, la electricidad, el automóvil, el ordenador. Se trata de una tecnología limpia, en armonía con la naturaleza, que podría disminuir la diferencia entre pobres y ricos. Pero, para que prevalezca necesita de un fuerte impulso ético. Esta nueva tecnología trae también nuevos problemas en los que las armas bacteriológicas son los menos importantes, son los derivados de la aplicación de la ingeniería genética a los embriones humanos que hacen antiguas las pesadillas de Aldous Huxley en Un mundo feliz. La nueva tecnología descubierta hace cincuenta años llegará al punto de usar solamente la luz solar como fuente de energía, y el aire, el agua y el sol, para manufactura y reciclar materiales químicos de todo tipo. Otra vez el impulso ético, de acción personal, la moralidad de la acción, porque ya sabemos que podemos hacer muchas cosas, pero también que no todas convienen al hombre como persona.
4.1. En primer lugar la familia, y el ejemplo de los padres, en los diferentes momentos de la vida, instaurando un estilo familiar y un ambiente en el que tiene sentido la renuncia personal en bien de la ayuda de los demás. En la familia, la educación de la solidaridad se ha de reflejar:
En el estilo familiar: El
estilo es ese conjunto de características que configuran
e identifican una manera de hacer las cosas. En este sentido, los padres deben ser conscientes de la importancia que su ejemplo y dedicación tienen en la transmisión de una cultura solidaria. Este ejemplo, este estilo, no supone imposición a los hijos de una manera determinada de enfocar la vida de las personas, sino la posibilidad de la asunción libre de esas ideas, encarnadas en la vida coherente de los padres. En este ambiente, han de estar presentes -en primer lugar- las manifestaciones de la solidaridad ya enumeradas:
Pero el estilo familiar no es suficiente. Es necesario tener objetivos educativos para cada hijo, porque cada uno de ellos tiene una originalidad propia, que requiere una educación personal y no en serie. Hoy, más que nunca, se ha de programar la educación de cada hijo en colaboración con los profesores, siendo capaces de encontrar nuevas formas de colaboración que respeten el campo propio de acción de cada cual. 4.2. En el colegio: Para educar en la solidaridad, hay que ofrecer ocasiones que permitan al alumno salir de sí mismo para ayudar a los demás realizando obras de servicio; ponerle en contacto con el dolor y la enfermedad; mostrarle que hay otras personas que tienen las necesidades básicas sin cubrir o que pasan por situaciones difíciles, hacerle ver que él tiene que prepararse para ayudar en la construcción de un mundo a la medida de la dignidad de la persona, de todas las personas que lo habitamos. Para lograr la máxima eficacia, todo el colegio debe trabajar en un proyecto educativo compartido en el que la solidaridad aparezca como objetivo, y consecuentemente se programen las actividades necesarias para conseguirlo. Estas actividades tienen que ser:
Una de estas actividades puede ser la elaboración de un Programa General de Solidaridad, que reúna todas las posibilidades de acción que el colegio ofrece cada curso a sus alumnos, y explique las características de estas acciones: a) Que reporten algún beneficio de terceros.
Claro
que para que esto deje de ser una declaración de intenciones
los profesionales de la educación tendremos que cambiar algunas
cosas. En primer lugar y como punto de partida, el autoconcepto de
la dignidad profesional de nuestro trabajo. Sólo así
podremos transmitirlo a los demás. Todo el mundo opina de educación,
unos por derecho, otros por opinadores; pero los que más sabemos,
aunque sea poco, somos los que nos dedicamos a educar. En segundo lugar, hemos de ampliar el objeto de nuestra actividad educativa. No es suficiente el conocimiento del alumno y sus características, la metodología y procedimientos didácticos, el estudio de las influencias educativas de los medios de comunicación de masas... Es necesario estudiar la familia. Los padres necesitan de nuestras orientaciones profesionales para educar en casa con criterios adecuados. Tanto como lo necesitan nuestros alumnos y los otros agentes educativos. Las personas educadas -y no sólo instruidas- están siendo consideradas ya por las empresas que configuran el futuro, el mayor y más permanente activo de su balance. "En la escuela del futuro, el maestro será demasiado importante como para limitarse a estar presente y 'enseñar' ", dice Louis Gerstner, en la obra que recopila las experiencias educativas más innovadoras para preparar a los alumnos del siglo XXI en EEUU, y añade: "si queremos éxito en el siglo XXI debemos cambiar lo que enseñamos, el modo de enseñar y lo que esperamos de los alumnos (xi)". Todos los profesores sabemos esto desde hace tiempo, pero los padres nos exigen que sus hijos superen la selectividad y con nota suficiente para poder elegir la carrera universitaria; la administración pretende que todos se gradúen con éxito, sin tener en cuenta si los alumnos también lo quieren; la legislación impone un curriculum que no se puede explicar en el tiempo disponible; y algunos alumnos están en clase porque no hay nadie en los demás sitios a esas horas. Esta descripción es tan real como necesaria la educación que venimos describiendo. Parece que no hay salida; que hemos de esperar a que suceda algo, no se sabe bien qué, que permita el cambio necesario para esta reorientación del trabajo educativo. Los cambios educativos importantes se producen en las aulas y en las casas, y los provocan los profesores y los padres. Las autoridades legislativas ayudan o dificultan, pero ningún avance significativo se impone por decreto, se asumen personalmente, uno a uno. Cuando cada persona sea solidaria, la sociedad también lo será. Así que cada uno debe ver qué debe modificar en su clase, en su entrevista con los alumnos y las familias, en su vida personal y profesional, para iniciar una educación diferente haciendo cosas diferentes, porque si seguimos haciendo lo mismo, será difícil que algo cambie. Claro que estaría muy bien que la administración facilitara medios y flexibilidad legislativa para poder realizar innovaciones más atrevidas, con participación de padres y alumnos y con un equipo de profesores que compartiera estos principios e inquietudes, pero a todo se llegará si somos constantes y aprovechamos lo que tenemos a nuestro alcance, que es mucho:
En fin, hay mucho que hacer si nos ponemos a ello, pero no estamos solos.
La adolescencia es uno de los períodos del hombre más lleno de posibilidades conscientes, más rico, variado y esperanzador. Es el umbral de una madurez ansiada, es un proyecto ambicioso de ser hombre, germen de lo que puede y deseamos ser. Es difícil no hablar apasionadamente de esta etapa de la vida en la que se fragua gran parte de nuestra personalidad futura. La moderna pedagogía, en colaboración con la biología y la medicina -entre otras- ha descubierto y puesto de relieve los períodos sensitivos e instintos guía en los que la naturaleza se orienta madurativamente hacia unas determinada habilidades, motoras, intelectivas y volitivas. Pues bien, durante la adolescencia se produce una gran confluencia de instintos guía que pueden facilitar nuestra tarea educadora. Durante este período, todas las dimensiones de la persona y sus manifestaciones biológica-corporal; afectiva; racional (una inteligencia en busca de la verdad y una libertad en busca de amor) comienzan a ser nuevamente, ahora de forma consciente y libre. Por necesidad, el adolescente va probando todo lo que tiene al alcance, para ver cómo le queda. Va probando todo y va tomando decisiones de lo que se queda y de lo que deja. Esta situación provoca desconcierto en sus padres y educadores, pero no es mayor que el desconcierto que él mismo tiene, ante tanto cambio: Cambios físicos, en su cuerpo, internos y externos. Crecimientos que los hacen más torpes de movimientos, inicialmente, y modificación interna con la aparición de las hormonas que regulan el desarrollo de la sexualidad. Cambios en las funciones intelectuales
Cambios en las tendencias
Cambios en la vida afectiva
Esta situación abre en la educación de los adolescente y jóvenes un período realmente intenso y rico en posibilidades educativas, que también pueden desaprovecharse, como describen algunos estudios sociológicos recientes: "Abatidos, conformistas,apolíticos, angustiados por el presente y sin ninguna perspectiva de futuro". James Petras "La tendencia actual parece conceder a los jóvenes un exceso de holganza...los jóvenes parecen necesitar dosis nunca vistas de jolgorio...el aspecto más llamativo quizá sea el de las noches enteras de continuas libaciones.En realidad, cumple aquí el efecto sinérgico de la noche, el alcohol, el tabaco, la velocidad y, en el último término, las drogas....un agudo sentimiento de inseguridad.." Amando de Miguel Pero también eran jóvenes los dos millones que participaron en la Jornada Mundial de la Juventud, el pasado agosto, en Roma, acudiendo a una llamada de Juan Pablo II, de quien pudieron oir "hoy estáis reunidos aquí para afirmar que en el nuevo siglo no os prestaréis a ser instrumentos de violencia y destrucción; defenderéis la paz, incluso a costa de vuestra vida si fuera necesario. No os conformaréis con un mundo en el que otros seres humanos mueren de hambre, son analfabetos, están sin trabajo. Defenderéis la vida en cada momento de su desarrollo terreno; os esforzaréis con todas vuestras energías en hacer que esta tierra sea cada vez más habitable para todos (xii)". Sí. Los jóvenes son el futuro, y pueden ser mejores si les ayudamos a conocerse, a limar las aristas del carácter para ponerlo al servicio de las decisiones, a cultivar la inteligencia con seriedad y rigor, relegando el lenguaje de la imagen a un segundo plano, para que no sustituya el lenguaje perceptivo (concreto) al lenguaje conceptual (abstracto) (xiii), como alerta Giovanni Sartori, si nos atrevemos a educar personalmente a cada uno. 6. Solidaridad, el nuevo nombre de la paz En el Manifiesto 2000 para una cultura de paz y no violencia, que el marco del Año Internacional de la Paz que la ONU ha propuesto para este año, toda persona se puede adherir con su firma, desde Internet, se recogen seis puntos: 1. Respetar todas las vidas Dos de ellos se refieren directamente al tema que nos ocupa y en los que hay puestas las esperanzas del futuro de la humanidad:
La civilización del tercer milenio se asienta necesariamente en una nueva cultura, fundada en los valores universales de la paz, la solidaridad, de la justicia y la libertad, y la educación será la encargada de protagonizarla. Lo podrá hacer si se fundamenta en la persona y supera, desde ahí todas las diferencias del pasado que interfieren y dificultan el avance. En todo caso, vale la pena.
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